viernes | 13.11.2009
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THE CASERO EXPERIMENDO
Salvemos a Buenos Aires
¿Por qué será que últimamente la entrada y salida de la Capital Federal es un cachengue infernal al cual de a poco, muy lentamente, nos vamos acostumbrando como si fuera una enfermedad a la cual nos vamos asociando con el hablar al pedo de las radios? Miles de autos, cientos de miles de autos con una persona adentro, cuanto mucho dos. ¿Cuánto más caro es ordenar inteligentemente el tráfico? ¿Cuánto cuesta? Si hace falta algo más me dicen. ¿Por qué vivimos mal en una ciudad que se supone que tiene que estar ordenada en un momento crítico de su historia? (momento crítico de la historia de México DF: cuando la pudieron organizar y no lo hicieron, ponele).

¿Por qué si en algún momento estuvimos medianamente organizados hoy somos un desastre? ¿Cuántas veces peor vivimos? ¿Por qué nos pasa eso? ¿Por qué tenemos una tendencia a desmejorar?

Buenos Aires es una ciudad que necesita cariño, que alguien la quiera para poder construir en ella una maquinaria mínima que mueva los mecanismos que hacen que algo empiece a estar aceitado. Si los presidentes les dan más importancia a los lugares de donde provienen, como pasó con Menem-Anillaco, Kirchner-Calafate.

Fíjese lo que pasaría si un porteño fuera presidente, y las cosas se dieran matemáticamente como se dieron hasta ahora. Repito, esto es un simulacro:

Lo primero que haría sería mejorar las condiciones de su gente, como se ve que lo hacen todos los gobernadores que luego llegan al poder. Bien: ¿Qué gente?. Toda la gente que vive en Buenos Aires. ¿Qué gente vive en Buenos Aires?. Todos lo argentinos (porteños y del interior), bolivianos, tailandeses, chinos, peruanos, norteamericanos; y toda la gente del mundo, porque Buenos Aires es una ciudad del mundo, es un patrimonio de la humanidad, como todas las grandes ciudades que albergan toda la gente del mundo. Cuando la gente vive mal en Buenos Aires no viven mal los porteños ni viven mal los argentinos: viven mal las personas.

Sea como fuere, pareciera que las gestiones son obras nada más, bien hechas, prolijas, pero no son solamente obras. Legislar previniendo no detiene la locura de los motociclistas; ni la estupidez del pibe que juega con un auto de verdad, o una banda que de pronto te ataca en una esquina para venderte anotadores de muy mala manera. ¿Por qué en otras ciudades tengo el derecho a mis setenta centímetros cuadrados libres, sin que nadie me lo viole, sin que nadie se meta adentro de mi espacio?, repito: setenta centímetros cuadrados de inviolabilidad a mi persona.

¿Por qué los colectivos no tienen aunque sea levantado el caño de escape para que el venteo no sea directamente a la nariz de la gente? ¿Qué calidad de vida tenemos yendo a trabajar de un atolladero ahumado (y estoy hablando de ahumado de diesel, no ahumado de maderas finas) a otro atolladero ahumado, garrapiñados y escuchando las mismas cosas que suenan igual todos los días en las mismas radios? ¿Puede vivirse en semejante embole mucho tiempo?.

Hay una solución: Apoye al que hace alguna cosa, y si no hace cállese y otorgue franciscanamente. No tenemos otra posibilidad para salvar a Buenos Aires que tener una vez más buena voluntad, confiar como niños y esperar un milagro del sentido común, que en forma de rayo gigante, (me refiero a gigante-gigante) caiga y de pronto nos devuelva un barrio, aunque sea uno solo, como era antes.

Por favor respeten a Buenos Aires. Sino estaremos pendientes de quién es el bueno, el regular o el malo de los que nada más gestionan o gerencian.

Un beso

Casero